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La Casa de la Música – el sueño de vida de Gi Neustätter

Cuando toca la Orquesta Sinfónica Nacional de Ecuador (OSNE), la gran sala de la Casa de la Música de Quito y sus 700 asientos tapizados de rojo, está repleta. Se llena tanto como se puede en tiempos de Coronavirus. Familias, estudiantes, parejas de adultos, se encuentran y saludan con amigos y conocidos que son parte de los asistentes. El programa de esta noche de febrero es del gusto de la Orquesta y de su Director titular adjunto Yuri Sobolev, el concierto para violín de Dvořák, y la Sinfonía Manfred de Chaikovski, tan poco interpretada. El solista de la noche, Pawel Kopcynski, y los instrumentos de bronce situados en la galería, interpretan con total entrega. El público queda impresionado. Gisela Neustätter estaría muy satisfecha. “Gi” está presente en todas partes. Sus iniciales redonditas adornan las paredes, las puertas y los programas de la Casa de la Música. 

Para dar a la música clásica espacio y oportunidades de desarrollo en su país de adopción, el Ecuador, esta señora que emigró de Munich, Alemania, en 1935 no escatimó en gastos. La moderna sala de conciertos que donó a Quito, no sólo fue una expresión de su genuino amor por la música, si no tambien un generoso acto de agradecimiento al país que había acogido a la pareja judía Hans y Gisela Neustätter, después de que huyeran de Alemania vía Francia. 

En el centro histórico de Quito, la joven Gi abrió una tienda de ropa y artículos femeninos, que pronto se convirtió en un centro de atracción para la alta sociedad de la ciudad. “Allí podías conseguir cosas que no había en ningún otro sitio: vestidos confeccionados según modelos parisinos, guantes de cuero blanco, preciosa lencería… y todo empaquetado en cajas de color rosado muy especiales que portaban las letras “Para Ti”, que era el nombre de la tienda”, recuerda una señora mayor.

Gisela y Hans Neustätter (cortesía de la Casa de la Música)
Una mujer enérgica, moderna, encantadora y directa

Se cuenta que “Madame Gi”, como la llamaban,  era muy moderna y “chic“, encantadora, independiente y muy directa. Una mujer que fumaba cigarillos y que expresaba sus ideas con claridad y hacía que se cumplan. Su hermano mayor, Philipp Tolziner, había estudiado en la Bauhaus de Dessau, y en 1931 aceptó un puesto en Moscú para poner en práctica las técnicas que había aprendido. El diseño de la casa de los Neustätter en la calle Whimper, a donde Gi y su marido se mudaron en 1955, y que hoy alberga el restaurante “Chez Jérôme”, también estaba influenciado por la Bauhaus. La casa se considera un ícono de la arquitectura residencial moderna en el Quito de aquella época. Fue construida por el reconocido arquitecto praguense Karl Kohn, quien también había emigrado de su país. 

Como muchos otros emigrantes europeos en Ecuador, los Neustätter se integraron económicamente en su nueva patria sin mucha dificuldad. Hans Neustätter se convirtió en un exitoso empresario de la industria del metal. Una de las empresas que fundó se especializó en la construcción de puentes, otra en la fabricación de tuberías y accesorios para instalaciones sanitarias; por todo el país se encontraban sus obras. Con el tiempo, la pareja se volvió adinerada. Sin embargo, siempre sintieron la necesidad de devolver al Ecuador y a su gente algo en retribución de lo que habían recibido aquí. Hans y Gi crearon fundaciones benéficas, apoyarona jóvenes dotados con becas de estudios, financiaron la construcción de un coliseo en el Colegio Einstein en Quito. En su propia casa vivían con cierta austeridad. Como todas las familias más acomodadas del país, empleaban personal, pero cuando tenían invitados, la señora de la casa era la que cocinaba.

Promover la música: una misión educativa 

“Gi era una persona que siempre quería dar a los demás”, recuerda la musicóloga Ketty Wong, quien fue su amiga durante mucho tiempo. Aunque nunca pudo aprender a tocar un instrumento, la música era su amor especial: Todos los viernes por la noche, se podía encontrar a Gisela Neustätter en los conciertos de la Orquesta Sinfónica en el Teatro Sucre, situado en el centro histórico de Quito. Su palco estaba ubicado justo al lado del palco presidencial. Durante muchos años apoyó económicamente a la OSNE y a sus músicos. 

Tras la muerte de su marido en 1993, la viuda dedicó toda su energía a la realización de un antiguo sueño común, dotar a Quito de una gran sala de conciertos. Como siempre en su vida, Gi, que ya tenia 82 años, tomó las riendas del asunto en sus manos. Solicitó al Municipio de la ciudad de Quito el terreno que luego recibió en comodato para la construcción. En base a los diseños de los arquitectos Belisario Palacios e Igor Muñoz, se puso en contacto con la empresa de acústica alemana Müller-BBM, con sede en Múnich. El hecho de que hoy se pueda escuchar la música con igual calidad, desde todas las butacas de la Casa de la Música, se debe principalmente al perfeccionismo de su patrocinadora. Los materiales sencillos, las líneas claras y la escasa decoración del edificio responden al ideal que ella predicaba: “Nada superfluo, sólo lo necesario, como la buena música”.

Involucrada en las obras hasta su muerte

En el 2002, después de mucho retraso, finalmente iniciaron las obras de construcción de la Casa de la Música. Una amiga de la Gi la llevaba regularmente para comprobar el progreso de la obra. Gisela seleccionó personalmente la tela beige prevista para las sillas de la sala grande. Su sueño de instalar un gran órgano fracasó debido a los gastos elevados que eso hubiera supuesto. 

Cuando Gi falleció en agosto de 2004, las butacas ya estaban instaladas. El concierto inaugural de la OSNE bajo la batuta de Álvaro Manzano, el 8 de abril de 2005, tuvo que celebrarse sin su presencia. En esta ocasión, el programa también incluía a Dvořák y Chaikovsky, además de una obra del compositor ecuatoriano más importante, Luis Humberto Salgado

Hoy, tras un periodo de poca actividad de casi dos años, debido a la pandemia, la Casa vuelve a ofrecer un programa variado. Además de las actuaciones mensuales de la OSNE, hay conciertos populares y folclóricos. La pequeña sala de música es un escenario amado por grupos de música de cámara y los “Domingos chiquitos” están diseñados para atraer a familias jóvenes. Al final, las butacas de la gran sala no fueron tapizadas en beige, el color favorito de Gisela Neustätter. Pero esto no debería impedir  la “educación musical de nuevos oyentes” con la cual soñaba la fundadora. “Creo que la Casa de la Música se utiliza hoy como Gi hubiera querido” dice Ketty Wong. 

(07.03.2022 Traducción al Español: Benita Schauer y Marcela García)

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