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Dame la fuerza para luchar – “Manuela y Simón” en Quito

El 24 de mayo de 2022, Quito celebró su “Bicentenario”, el aniversario 200 de la Batalla del Pichincha, en la que los patriotas al mando de Antonio José de Sucre, derrotaron al ejército realista y sellaron así la independencia de Ecuador de la corona española. Simón Bolívar, el “libertador de América del Sur”, no tomó parte en la batalla porque se detuvo peleando en Pasto, al sur de lo que hoy es Colombia. Pero, poco después entró a Quito con gran aclamación. Durante esta estancia conoció a Manuela Sáenz, la hija natural de un noble español, mujer comprometida en la lucha por la libertad, quien pronto se convirtió en su amante. Bajo el título “Manuela y Simón – Música de cuando Quito se declaró libre”, estudiantes de la Universidad Central presentaron una síntesis de las artes en la Casa de la Cultura Ecuatoriana, el día de la Batalla de Pichincha, e inspirada en melodías del Quito de 1820.

El Teatro Nacional, con sus 1500 butacas, en esta ocasión se llenó por completo; tampoco hubo mucho espacio en el escenario: alrededor de 60 estudiantes de la Carrera de Artes Musicales conformaban la “Orquesta de la Independencia”, integrando a la vez instrumentos sinfónicos y autóctonos (como quenas, marimbas y zampoñas) que actualmente se estudian en la carrera de música. La orquesta, dirigida por Juan Carlos Panchi y César Santos Tejada, estuvo complementada por un coro de veinte estudiantes y un conjunto de danza interdisciplinario. Moderaron el evento dos experimentados actores y narradores, los docentes Santiago Rodríguez y Madeleine Loayza.

Dos mundos musicales se encuentran

El Quito musical de principios del siglo XIX se caracterizó por dos mundos que no podían ser más diferentes: la música tradicional, pentatónica del pueblo andino, interpretada en su mayoría con instrumentos de viento y percusión, que era lo que la gente común escuchaba y tocaba fuera de los servicios católicos. Los colonos y mestizos de origen español, por otro lado, tuvieron contacto con la música religiosa y cada vez más secular de los gobernantes coloniales europeos, que fue asimilada por compositores locales y desarrollada en su propio estilo.

Ambos elementos confluyen en una colección, del año 1848, de “varias tocatas de violín antiguas y nuevas”, cuyas melodías bailables forman la base de la mayoría de los arreglos sinfónicos de “Manuela y Simón”. Tarea nada fácil, este paso de una forma tan pequeña a una tan grande. Las piezas orquestales “simbióticas” resultantes fueron escritas por Pablo Guerrero Gutiérrez, un incansable y meticuloso investigador de la historia de la música ecuatoriana, y por Juan Carlos Panchi, Coordinador de la carrera de Artes Musicales, entre otros.

La velada comenzó con sonidos folklóricos, o más bien místicos, que, según el excelente folleto del programa, querían evocar la diversidad musical del Ecuador. Pero las siguientes piezas ya cerraron la brecha entre el nuevo y el viejo mundo, entre eventos revolucionarios en dos continentes. A estas composiciones las llamaron “El Yacovino” (Jacobino) y “La guillotina”. En esta su ritmo marcial y su melodía abiertamente hacen alusión a la Marsellesa, para luego convertirse en una ligera pieza de baile.

Melodías que acompañaron la lucha por la independencia

Muchas de las composiciones compiladas en la edición del 1848 tienen títulos originales que hacen referencia a hechos de la lucha por la independencia de Quito: “La derrota en el Panecillo” o “1° Pichincha”, presuntamente en homenaje a un batallón de luchadores por la independencia que se denominaba así. Y se vuelve aún más específico: “Este valse tocaba la tropa cuando Bolívar entró a Quito”, dice el manuscrito de 1848. Además del vals “moderno” a la época, la contradanza ya un tanto anticuada, aparentemente figuraba entre las danzas preferidas de los quiteños: en la serie de Netflix “Bolívar”, Manuela Sáenz baila esta danza grupal con su futuro amante, a quien acaba de conocer en persona, tal como ella lo escribió en una carta.

En la Casa de la Cultura las cosas ahora se animan con una “Bomba”, un baile tradicional de la población afroecuatoriana del Valle del Chota, que aún hoy es popular en Ecuador; el ritmo en el escenario aumenta, al igual que el entusiasmo en el auditorio. Una de las bailarinas balancea una botella sobre su cabeza sin detenerse en su movimiento de caderas: el público aplaude con fuerza. Y el siguiente “Capuchino”, en realidad un vals con toques de música de salón, también contribuye significativamente a la atmósfera.

No se ha hablado aún de los bailarines. Los doce jóvenes provenientes de todo el Ecuador le dan a la actuación la viveza que de otro modo tal vez le hubiera faltado a un concierto tan sabiamente abordado. Corren, saltan, ruedan por el suelo, transformando lo escuchado en algo concreto y vivido, creando entre la música y el público una conexión, que con su corporeidad recuerda representaciones de “La consagración de la primavera” de Stravinsky. Y así también forman un vivo contraste con las imágenes de aspecto un poco pálido en el fondo del escenario.

La Universidad Central es la universidad más antigua de Ecuador, pero se ve frente a muchos retos

La Facultad de Artes de la tradicional Universidad Central, la más antigua del Ecuador, cuenta con 1100 estudiantes. “La educación es más importante que cualquier cosa”, se puede traducir su lema del latín. “Nuestros estudiantes provienen de las zonas más pobres del país”, explica la decana de la Facultad de Artes, Carmen Jijón. Lo que muchos estudiantes de costosas universidades privadas dan por sentado, como tener una buena educación y acceso a los estudios de arte, música y danza, a estos jóvenes les ha costado gran esfuerzo. 

“Dame la fuerza para luchar, Manuela” cantan en el estribillo final, escrito para la ocasión por el docente y compositor Luis Rodríguez Pazmiño. Un guiño que incita a recordar la sonoridad de la Carmina Burana. En cualquier caso, no faltan las emociones en esta velada. En la prensa circulan estos días comentarios sobre una supuesta campaña de la nueva dirección de la “Casa de las Culturas”, como ahora se hace llamar en las redes sociales, contra el eurocentrismo y la herencia colonial. Llamémoslo pragmáticamente solo una expresión de confianza en sí mismo. “Adelante, adelante, adelante Universidad Central”, esclama la sala mientras los músicos y bailarines hacen reverencias. Uno solo puede estar de acuerdo con eso. (Adaptación del Alemán: Andrés Torres, Marcela García, Benita Schauer)

25 de mayo de 2022

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“Siempre de protesta” – la musicóloga Inés Muriel

“Desde las salas de concierto de Latinoamérica”, reporta la voz femenina con un ligero acento, pero en selecto alemán. Inés Muriel presenta en Radio DDR II, de la RDA, un resumen de lo que pasa en el mundo de la música clásica en las grandes urbes de Latinoamérica, informa sobre una presentación del Cuarteto Ulbrich de Dresda en La Habana, elogia la “política musical consecuente y efectiva de Cuba”. Estamos en el año 1977. La ecuatoriana Inés Muriel Bravo vive desde inicios de los sesentas en la RDA. Los programas radiales concebidos y producidos por ella en aquella época dibujan la imagen de una mujer erudita, militante y sumamente disciplinada; son testimonio de una vida agitada y a su vez retraída entre Ecuador, Colombia y Alemania.

Nacida en la ciudad ecuatoriana de Riobamba en 1926, fue hija de inmigrantes colombianos. Posteriormente, se mudó junto con sus padres a Quito, la capital, en cuyo Conservatorio recibió clases de piano y canto. Junto con su hermano Guillermo Muriel, un año menor que ella, quien más tarde llegaría a ser un conocido pintor, militó en círculos izquierdistas siendo miembro activo del Partido Comunista del Ecuador.

Por medio del Partido Comunista, a estudiar musicología en la RDA 

Continuó con su militancia luego de mudarse con sus dos pequeñas hijas a Colombia en 1957. Pero en ese tiempo de la Revolución Cubana, marcado por la violencia y la represión, la afiliación al partido representaba para ella un riesgo permanente. El Partido Comunista Colombiano le facilitó, finalmente, una beca política, y fue así que emigró a la RDA en 1963. Inés Muriel quería ocuparse allá de aquello que siempre le había interesado: la música y la musicología. Y quería ver cómo era posible que “sobre el suelo de un antiguo estado fascista pudiera formarse un sistema socialista”, relata su hija Lucía Muriel.

Antes de los estudios, la RDA la puso a sudar: la incipiente musicóloga habría de ganarse su plaza universitaria con trabajo práctico en una fábrica de lámparas. Solo entonces ─tenía treinta y tantos años─ pudo matricularse en la Universidad de Leipzig. La ciudad donde presentó su tesis de graduación sobre la “Cultura musical de los jívaros del Ecuador” se convirtió en su tierra por 18 años: “Creo que no podía ser mejor”, dijo en una entrevista con Rodrigo Villacis Molina en 1980. Trabajó para la radio de la RDA, asistió a artistas como Mercedes Sosa y Oswaldo Guayasamín durante sus estadías; evidentemente, tenía buenas conexiones. Pero ello no le impedía lidiar con aquello que no funcionaba bien en la RDA, ─“siempre de protesta”, dicen que estuvo ─.

“No le voy hacer competencia a nadie”: intento de regreso al Ecuador

Obviamente, existía absoluto interés de parte de la cátedra de Leipzig en llegar a saber más acerca del mundo musical de Latinoamérica por medio de la becaria. “Pero”, como le escribió, resignadamente, al compositor Luis Humberto Salgado en 1967, “nuestros queridos compatriotas ni siquiera por cortesía contestan < a las consultas pertinentes provenientes de Alemania>”. Sin embargo, quería regresar a Ecuador. Tenía la esperanza de un empleo en el Conservatorio, quizás también de la ayuda del compositor Gerardo Guevara, quien, luego de sus estudios en Francia, se convirtió en director titular de la Orquesta Sinfónica Nacional y, más tarde, en director del Conservatorio. Pero fue en vano: que estaba sobrecalificada, se dijo lacónicamente, lo cual Inés Muriel lo interpretó para sí de esta manera: “…les tiene miedo a quienes han superado los niveles de la aldeana mediocridad <…>  Sin embargo, no le voy a hacer competencia a nadie! No soy compositora, no soy directora de orquesta <…> Los machos siempre le cortan el camino a la mujer.”

El trompetista y compositor Édgar Palacios le consiguió, finalmente, una función en el Conservatorio de la melómana localidad de Loja. Ahí investigó sobre la música del pueblo saraguro, incluso llevó a algunos saraguros jóvenes de alumnos a Loja, entre ellos al ulterior dirigente indígena Luis Macas. Luego de seis meses, cuando al Conservatorio se le agotaron los recursos, Muriel encontró un empleo en un proyecto de la UNESCO acerca de las fiestas tradicionales del Ecuador. Pero ahí también se chocaron la ambición científica de la investigadora y la realidad ecuatoriana: el informe final que redactó Muriel rebosaba de quejas de la mala planificación, la falta de equipamiento técnico y el inexistente apoyo de parte del personal.

Por segunda vez: emigración a Colombia

Por ello, cuando la Universidad Libre de Bogotá le hizo una oferta de trabajo como docente en la facultad de musicología de esa institución, Inés Muriel no dudó en aceptarla. Emigró por segunda vez a Colombia… y ahí se quedó. Dio clases, gozando del afecto y respeto de sus alumnos, hasta más allá de sus ochenta años; produjo, aún a los 77 años, notas radiales sobre la música del siglo XX. La música ecuatoriana no aparece en sus más de 200 programas de ese tiempo, ahora disponibles en línea, a excepción de Gerardo Guevara, a quien le dedicó un único programa.

En Ecuador, hay solo unas pocas personas que se acuerdan de la doctora Muriel. En los archivos alemanes, dormitan los informes del servicio de inteligencia de la RDA. En Colombia, la COVID y sus consecuencias impiden el acceso a bibliotecas y registros académicos que podrían revelar informaciones más precisas sobre su actividad. La persona Inés Muriel, de quien unos hablan con admiración, otros, con incomprensión, pero unos pocos, con conocimiento, se sustrae ampliamente al acercamiento periodístico. En las fuentes constan cuatro diferentes años de nacimiento, pero ninguna foto suya. Inés Muriel es hoy en día sobre todo: una voz. La musicóloga falleció el 9 de enero de 2022 en Bogotá. (Traducción del Alemán: Enrique Novas)

26 de abril de 2022

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La Casa de la Música – el sueño de vida de Gi Neustätter

Cuando toca la Orquesta Sinfónica Nacional de Ecuador (OSNE), la gran sala de la Casa de la Música de Quito y sus 700 asientos tapizados de rojo, está repleta. Se llena tanto como se puede en tiempos de Coronavirus. Familias, estudiantes, parejas de adultos, se encuentran y saludan con amigos y conocidos que son parte de los asistentes. El programa de esta noche de febrero es del gusto de la Orquesta y de su Director titular adjunto Yuri Sobolev, el concierto para violín de Dvořák, y la Sinfonía Manfred de Chaikovski, tan poco interpretada. El solista de la noche, Pawel Kopcynski, y los instrumentos de bronce situados en la galería, interpretan con total entrega. El público queda impresionado. Gisela Neustätter estaría muy satisfecha. “Gi” está presente en todas partes. Sus iniciales redonditas adornan las paredes, las puertas y los programas de la Casa de la Música. 

Para dar a la música clásica espacio y oportunidades de desarrollo en su país de adopción, el Ecuador, esta señora que emigró de Munich, Alemania, en 1935 no escatimó en gastos. La moderna sala de conciertos que donó a Quito, no sólo fue una expresión de su genuino amor por la música, si no tambien un generoso acto de agradecimiento al país que había acogido a la pareja judía Hans y Gisela Neustätter, después de que huyeran de Alemania vía Francia. 

En el centro histórico de Quito, la joven Gi abrió una tienda de ropa y artículos femeninos, que pronto se convirtió en un centro de atracción para la alta sociedad de la ciudad. “Allí podías conseguir cosas que no había en ningún otro sitio: vestidos confeccionados según modelos parisinos, guantes de cuero blanco, preciosa lencería… y todo empaquetado en cajas de color rosado muy especiales que portaban las letras “Para Ti”, que era el nombre de la tienda”, recuerda una señora mayor.

Gisela y Hans Neustätter (cortesía de la Casa de la Música)
Una mujer enérgica, moderna, encantadora y directa

Se cuenta que “Madame Gi”, como la llamaban,  era muy moderna y “chic“, encantadora, independiente y muy directa. Una mujer que fumaba cigarillos y que expresaba sus ideas con claridad y hacía que se cumplan. Su hermano mayor, Philipp Tolziner, había estudiado en la Bauhaus de Dessau, y en 1931 aceptó un puesto en Moscú para poner en práctica las técnicas que había aprendido. El diseño de la casa de los Neustätter en la calle Whimper, a donde Gi y su marido se mudaron en 1955, y que hoy alberga el restaurante “Chez Jérôme”, también estaba influenciado por la Bauhaus. La casa se considera un ícono de la arquitectura residencial moderna en el Quito de aquella época. Fue construida por el reconocido arquitecto praguense Karl Kohn, quien también había emigrado de su país. 

Como muchos otros emigrantes europeos en Ecuador, los Neustätter se integraron económicamente en su nueva patria sin mucha dificuldad. Hans Neustätter se convirtió en un exitoso empresario de la industria del metal. Una de las empresas que fundó se especializó en la construcción de puentes, otra en la fabricación de tuberías y accesorios para instalaciones sanitarias; por todo el país se encontraban sus obras. Con el tiempo, la pareja se volvió adinerada. Sin embargo, siempre sintieron la necesidad de devolver al Ecuador y a su gente algo en retribución de lo que habían recibido aquí. Hans y Gi crearon fundaciones benéficas, apoyarona jóvenes dotados con becas de estudios, financiaron la construcción de un coliseo en el Colegio Einstein en Quito. En su propia casa vivían con cierta austeridad. Como todas las familias más acomodadas del país, empleaban personal, pero cuando tenían invitados, la señora de la casa era la que cocinaba.

Promover la música: una misión educativa 

“Gi era una persona que siempre quería dar a los demás”, recuerda la musicóloga Ketty Wong, quien fue su amiga durante mucho tiempo. Aunque nunca pudo aprender a tocar un instrumento, la música era su amor especial: Todos los viernes por la noche, se podía encontrar a Gisela Neustätter en los conciertos de la Orquesta Sinfónica en el Teatro Sucre, situado en el centro histórico de Quito. Su palco estaba ubicado justo al lado del palco presidencial. Durante muchos años apoyó económicamente a la OSNE y a sus músicos. 

Tras la muerte de su marido en 1993, la viuda dedicó toda su energía a la realización de un antiguo sueño común, dotar a Quito de una gran sala de conciertos. Como siempre en su vida, Gi, que ya tenia 82 años, tomó las riendas del asunto en sus manos. Solicitó al Municipio de la ciudad de Quito el terreno que luego recibió en comodato para la construcción. En base a los diseños de los arquitectos Belisario Palacios e Igor Muñoz, se puso en contacto con la empresa de acústica alemana Müller-BBM, con sede en Múnich. El hecho de que hoy se pueda escuchar la música con igual calidad, desde todas las butacas de la Casa de la Música, se debe principalmente al perfeccionismo de su patrocinadora. Los materiales sencillos, las líneas claras y la escasa decoración del edificio responden al ideal que ella predicaba: “Nada superfluo, sólo lo necesario, como la buena música”.

Involucrada en las obras hasta su muerte

En el 2002, después de mucho retraso, finalmente iniciaron las obras de construcción de la Casa de la Música. Una amiga de la Gi la llevaba regularmente para comprobar el progreso de la obra. Gisela seleccionó personalmente la tela beige prevista para las sillas de la sala grande. Su sueño de instalar un gran órgano fracasó debido a los gastos elevados que eso hubiera supuesto. 

Cuando Gi falleció en agosto de 2004, las butacas ya estaban instaladas. El concierto inaugural de la OSNE bajo la batuta de Álvaro Manzano, el 8 de abril de 2005, tuvo que celebrarse sin su presencia. En esta ocasión, el programa también incluía a Dvořák y Chaikovsky, además de una obra del compositor ecuatoriano más importante, Luis Humberto Salgado

Hoy, tras un periodo de poca actividad de casi dos años, debido a la pandemia, la Casa vuelve a ofrecer un programa variado. Además de las actuaciones mensuales de la OSNE, hay conciertos populares y folclóricos. La pequeña sala de música es un escenario amado por grupos de música de cámara y los “Domingos chiquitos” están diseñados para atraer a familias jóvenes. Al final, las butacas de la gran sala no fueron tapizadas en beige, el color favorito de Gisela Neustätter. Pero esto no debería impedir  la “educación musical de nuevos oyentes” con la cual soñaba la fundadora. “Creo que la Casa de la Música se utiliza hoy como Gi hubiera querido” dice Ketty Wong. 

(07.03.2022 Traducción al Español: Benita Schauer y Marcela García)

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El Guggenheim de Coca

A las 8 de la mañana, en el centro de la pequeña ciudad de Coca en el Oriente ecuatoriano. Del techo del Hotel Auca, antes frecuentado por empleados petroleros, gotea agua sucia. Desde la tienda D’Gisell, que se encuentra al frente, y donde se venden vestidos baratos, ya salen sonidos de Milonga a todo volumen, e inundan la polvorienta calle. Unos metros más adelante, un vendedor de zapatos instala su mesa improvisada, mientras saca la mascarilla de su bolsillo. Coca es caliente, bulliciosa y fea. Nació con la urgencia del boom petrolero al comienzo de los años 70 del siglo pasado. Actualmente es una inevitable parada para los turistas en su camino a la biodiversidad de la selva. 

A pesar de esto, si uno va caminando por el malecón se puede descubrir un Coca muy diferente: El “Museo Arqueológico y Centro Cultural de Orellana” (MACCO), que desde su inauguración en 2016 se convirtió en un centro de cultura y encuentro. Quien se aproxima a esta ciudad por cualquiera de los ríos que la abrazan, el Napo, Coca y Putumayo, no puede perder de vista la elegante construcción de madera, metal y hormigón. El MACCO alberga cerca de 300 bellas urnas funerarias y utensilios de primera necesidad del pueblo de los Omaguas. Esta población vivía, hasta la colonización de Ecuador por los españoles en el siglo XVI, en la región de los ríos Coca, Napo y Amazonas. Sin embargo, sus mayores asentamientos siempre han estado en Perú y Brasil.

Francesco Orellana, el primer Europeo que se econtró con el pueblo Omagua en su viaje hacia el Amazonas

Frente al museo se encuentra la estatua de Francisco de Orellana (1511-1546) quien, en 1541, en su búsqueda del legendario “El Dorado”, también llamado el “País de la Canela”, fue el primer europeo que se encontró con el pueblo Omagua durante su viaje por los ríos Coca y Napo hasta el delta del Amazonas. Su segunda expedición a la Amazonía, fue la última, nunca volvió. Los fanáticos de “Indiana Jones” deben recordar como, en una de sus aventuras, el protagonista llega a la cuenca del Amazonas y a una ficticia tumba de Orellana. La ciudad del Coca, cuyos orígenes fueron una casa de la Misión Capuchina fundada en 1958, hoy en día oficialmente se llama “Puerto Francisco de Orellana”.

Un cronista del siglo XVIII relata el primer encuentro de los hombres de Orellana con los Omaguas en el río Napo, y resalta el alto nivel cultural de este pueblo: La población era “muy limpia y amable”, los hombres llevaban adornos de oro en el pecho y las mujeres aretes de oro, al igual que narigueras y adornos en los labios. Esta gente vivía en casas y eran excelentes navegantes. Otros viajeros describen sus frentes aplastadas por la manipulación de los huesos de la cabeza en su juventud, esto lo hacían para buscar verse como la “cara de la luna” que era su modelo ideal. 

Una variedad impresionante de urnas funerarias

El pueblo cultivaba un culto especial a los muertos. Los finados primero fueron enterrados hasta descomponerse, proceso que, con el calor y la humedad de la selva, era bastante rápido. Luego se sacaban los huesos, se los limpiaba y se les guardaba en una urna funeraria de forma humana. Y después de un tiempo determinado, nuevamente se enterraba. En las vitrinas del MACCO se pueden apreciar los detalles de estas urnas tan bien labradas. El cuerpo y las extremidades forman un recipiente y la cabeza con su cara de luna se coloca en la parte superior, como si fuera una tapa. El hábitat de los Omaguas está presente en los diseños de los recipientes que son de diferentes tamaños.  Los detalles tan coloridos de las olas y las líneas sinuosas evocan el paisaje del río. 

Urna típica de los Omaguas en forma de cuerpo femenino

Poco después de la llegada de los españoles, desapareció la mayoría de este pueblo que estaba asentado en la desembocadura del río Coca al Napo. El antropólogo Udo Oberem, de Bonn, Alemania, conjeturó en 1967 qué en la región del actual Ecuador, todavía había subgrupos de Omaguas, que durante los siglos han ido migrando más hacia el sur y este hasta desaparecer. Actualmente en Brasil y Perú todavía quedan individuos aislados. Los últimos Omaguas que habitaron Ecuador, a principios del siglo XX, se encontraban cerca del río Tiputíni, otro afluente del Napo. En el segundo piso del MACCO, actualmente se pueden observar dos urnas más sencillas que solo fueron descubiertas hace pocos años.

En 1999, en una exposición en Quito ya se pudo ver una parte importante de la colección. Por primera vez un público más amplio reconoció que en el “Oriente” también existe una historia cultural propia que valía la pena documentar. Ya en 1975 los monjes Capuchinos, en la isla de Lunchi, construyeron un pequeño centro de investigación junto a un museo. Esta pequeña muestra fue la base del “Guggenheim de Coca”, un sueño cultivado por muchos años por el Capuchino Miguel Ángel Cabodevilla y también por el coleccionista y curador de la exposición, Iván Cruz.

“El MACCO es símbolo de la valoración de la cultura indígena, y de la autoestima indígena”

Pero el nuevo museo debía ser mucho mas: “El MACCO es símbolo de la valoración de la cultura indígena y de la autoestima indígena, se ha hecho símbolo de la ciudad”, dice Milagros Aguirre, periodista y cofundadora del museo quien vivió durante 12 años en Coca. “El museo cambió fundamentalmente a la ciudad. Cuando llegué acá, era una ciudad de trabajadores petroleros, nada más. No había ni un lugar para pasear, ni siquiera para comerse un helado. Mucha gente nos decía que éramos locos de querer traer ‘cultura’ acá”. 

Hoy, la sala de convenciones del museo es utilizada continuamente ya sea para conferencias o como sala de cine. En la sala de exposiciones temporales se exponen las obras de los artistas locales. También se invita a participar a la población en concursos de dibujos y textos. Y la pequeña biblioteca ubicada en el primer piso es un gran logro. Un gran número de estudiantes escolares utilizan el espacio para hacer sus tareas sin ser distraídos por sus hermanos pequeños y, en los casi dos años del cierre de escuelas y colegios por la pandemia, para usar el internet y poder hacer sus trabajos online. “Tuvimos que poner más mesas en el pasillo, tan grande fue la demanda”, dice Milagros Aguirre.

En la noche, los 45.000 habitantes del Coca ya no se pasean solamente en el malecón. En 2013 los arquitectos del MACCO construyeron también una plaza central que fue tan bien acogida por la población, y parece que siempre hubiera estado ahí. En Coca, sigue haciendo calor, los restaurantes de comida rápida no invitan a quedarse, y el árbol de navidad, adornado con baratijas, ya perdió el color debido al fuerte sol. Pero de pronto, el lugar no tiene una sola cara, si no muchas.   (Traducción del alemán: Marcela García)

07.01.2022

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